La maternidad transforma nuestra percepción del tiempo. Es un fenómeno físico aún no estudiado, pero real. Normalmente cuando tenemos nuestro primer hijo el tiempo empieza a correr de forma diferente. De repente, los días pasan lentamente y el nuevo habitante de la casa sigue siendo super pequeño y pasa el día dormido, que no la noche. Y a pesar de que duerme tanto, sentimos que no nos queda tiempo para nada. Desgraciadamente es algo que hay que sufrir individualmente, no sirve la experiencia ajena. Lo único que siempre digo a los padres que están pasando por ello es si crees que no tienes tiempo, ten un segundo hijo y descubrirás de cuánto tiempo libre disponías, y no te digo ya con un tercero o un cuarto.
Otro tópico que se repite generación tras generación es la culpabilidad por no tener tiempo para atender a nuestros hijos. Sentirnos culpables no tiene sentido, seguramente si has tenido esta sensación es porque te estás exigiendo mucho, y eso significa que quieres hacerlo lo mejor posible, pero no te convierte en mejor padre. Hoy quiero hablar de cómo el tiempo con los hijos también es relativo, y cómo lo que cuenta es la calidad, no la cantidad. Sólo hay que pensar en el tiempo que nuestros padres pasaban con nosotros, generalmente menos que el que nosotros les dedicamos a nuestros hijos, y no por eso los hemos juzgado como peores padres.
Los tiempos han cambiado y, aunque seguimos pasando muchas horas en el trabajo y a veces en jornadas laborales innecesariamente prolongadas, los padres de ahora nos preocupamos más por la educación, nos autoevaluamos más y creemos que nuestros hijos necesitan todo nuestro tiempo. Mi experiencia como madre observadora es que la mayoría de los padres se preocupan en exceso por todo lo relativo al niño desde que nace hasta la educación infantil aproximadamente, y luego se relajan, porque creen que el niño ya no los necesita tanto, o porque ha llegado un hermanito que los necesita más. Esto es un error, porque el niño asocia el desarrollo de la autonomía con el abandono, y por tanto, no quiere crecer, o se convierte en un tirano porque los tres primeros años de su vida nos ha tenido pendientes de él 25 horas al día.
Voy a compartir con vosotros algunos trucos para optimizar al máximo el tiempo con los hijos y no sentirse culpable. Los he ido desarrollando yo o copiando de otros padres en mis trece años de experiencia como madre aprendiz:
A veces las circunstancias hacen que pases menos tiempo con tus hijos del que tenías pensado cuando los trajiste al mundo: cambio de trabajo, mudanza, divorcio, enfermedad grave tuya o de un familiar, pluriempleo, oposiciones. Si tu caso es uno de éstos, piensa que son circunstancias devenidas y que estás haciendo todo lo posible por minimizar sus efectos. Obviamente nadie trae un hijo al mundo para que tenga cáncer, crezca en custodia compartida o vea a su padre sólo por Skype porque trabaja en otro país. El único seguro para que no te ocurra nada de esto es no tener hijos. Ya que te has decidido por lo contrario, disfruta ese precioso tiempo que pasas con ellos dejando a un lado las culpabilidades y guarda algo de energía, si puedes, para cuando seas abuelo.
Otro tópico que se repite generación tras generación es la culpabilidad por no tener tiempo para atender a nuestros hijos. Sentirnos culpables no tiene sentido, seguramente si has tenido esta sensación es porque te estás exigiendo mucho, y eso significa que quieres hacerlo lo mejor posible, pero no te convierte en mejor padre. Hoy quiero hablar de cómo el tiempo con los hijos también es relativo, y cómo lo que cuenta es la calidad, no la cantidad. Sólo hay que pensar en el tiempo que nuestros padres pasaban con nosotros, generalmente menos que el que nosotros les dedicamos a nuestros hijos, y no por eso los hemos juzgado como peores padres.
Los tiempos han cambiado y, aunque seguimos pasando muchas horas en el trabajo y a veces en jornadas laborales innecesariamente prolongadas, los padres de ahora nos preocupamos más por la educación, nos autoevaluamos más y creemos que nuestros hijos necesitan todo nuestro tiempo. Mi experiencia como madre observadora es que la mayoría de los padres se preocupan en exceso por todo lo relativo al niño desde que nace hasta la educación infantil aproximadamente, y luego se relajan, porque creen que el niño ya no los necesita tanto, o porque ha llegado un hermanito que los necesita más. Esto es un error, porque el niño asocia el desarrollo de la autonomía con el abandono, y por tanto, no quiere crecer, o se convierte en un tirano porque los tres primeros años de su vida nos ha tenido pendientes de él 25 horas al día.
Voy a compartir con vosotros algunos trucos para optimizar al máximo el tiempo con los hijos y no sentirse culpable. Los he ido desarrollando yo o copiando de otros padres en mis trece años de experiencia como madre aprendiz:
- En primer lugar dedica cada día un momento exclusivo con cada uno de tus hijos. Puede ser una conversación, lectura, un rato de televisión de un programa que os guste a los dos, bailar una canción, un abrazo, un masaje en los pies...Se trata de que en ese momento él o ella sienta que es único para ti, que haya complicidad.
- Recuerda que cada etapa del desarrollo tiene unas necesidades diferentes y sé flexible. Unas veces tendrá que esperar el adolescente y otras veces el bebé. Mantén unas rutinas básicas pero sin que los horarios te esclavicen: hay quien despierta al bebé para bañarlo porque es su hora, o deja con la palabra en la boca a su vecino porque tiene que hacer la cena al niño.
- Usa la lógica de las prioridades y no te exijas el rendimiento que tenías antes de ser madre o padre: la casa no volverá a estar igual de ordenada, ni tendrás el mismo tiempo para tu vida social, o para tus aficiones, pero...¿qué es más importante?
- Haz que sea especial el poco tiempo que pasas con tu hijo. Si sólo ves a tu hijo un rato al día, conviértelo en un juego si es pequeño, interésate por sus cosas si es mayor, cuéntales cómo te ha ido el día de una forma divertida.
- Deja el móvil en segundo plano. Si cuando tu jefe te habla no miras el móvil, otórgale a tu hijo el mismo privilegio, hazle sentir importante.
- Organiza rutinas juntos. El cuento, la nana, preparar la ropa del día siguiente, hacer el desayuno, ir al supermercado, el baño, doblar calcetines... No necesariamente tienen que ser cosas infantiles, sino rutinas que siempre hacéis juntos. Durante bastantes años vais a ser las personas más importantes de su vida, cualquier cosa que haga con vosotros va a ser especial para él.
- Si puedes convertir estas rutinas en un juego, mejor. No es fácil, porque vivimos estresados y dominados por una percepción del tiempo errónea: para hacer las cosas bien, hay que hacerlas lo más rápido posible. Piensa cuántas veces le pides a tu hijo que se dé prisa en esto o lo otro, y si realmente era tan crucial darse prisa en ese momento. Los niños llegan a la consulta del psicólogo estresadísimos por tener que ir corriendo a todas partes.
- Rellena los silencios. Piensa en esos momentos en que estás con tu hijo en silencio, sin decir nada, porque vas de un sitio a otro con él, por ejemplo. Úsalos, bien para hablar, o para enseñarle algo. Por ejemplo, mis hijos han aprendido a contar subiendo las escaleras de mi casa, era algo que había que hacer, de todas formas. Un día se me ocurrió decir el número de cada escalón, y cuando se lo aprendieron en español, empecé en inglés. Luego llegó la primera reunión de Educación Infantil, y la maestra nos explicó que ese año iban a aprender los números del 1 al 3...
- Intégralo en tu vida. Cuéntale cosas sobre ti, haz que te conozca dentro de sus posibilidades, comparte anécdotas adaptándolas a su edad. Eso hará que te sienta cercano aunque pertenezcas a ese mundo de seres extraños: los adultos.
A veces las circunstancias hacen que pases menos tiempo con tus hijos del que tenías pensado cuando los trajiste al mundo: cambio de trabajo, mudanza, divorcio, enfermedad grave tuya o de un familiar, pluriempleo, oposiciones. Si tu caso es uno de éstos, piensa que son circunstancias devenidas y que estás haciendo todo lo posible por minimizar sus efectos. Obviamente nadie trae un hijo al mundo para que tenga cáncer, crezca en custodia compartida o vea a su padre sólo por Skype porque trabaja en otro país. El único seguro para que no te ocurra nada de esto es no tener hijos. Ya que te has decidido por lo contrario, disfruta ese precioso tiempo que pasas con ellos dejando a un lado las culpabilidades y guarda algo de energía, si puedes, para cuando seas abuelo.

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