sábado, 30 de abril de 2016

La peor madre del mundo

Cuando mi hija de seis años se enfada mucho conmigo, alguna vez me ha soltado esta frase: "eres la peor madre del mundo". Y aunque reconozco que me fastidia, porque a nadie le gusta ser el último del ránking, le suelo contestar: "hija, ¿ya has probado a todas las demás?". Normalmente esta respuesta mía la enfada más aún, y sigue protestando mientras yo me hago la dolida, aunque en mi interior sé que hoy soy peor que las demás porque la he contrariado en algo, y eso es bueno para ella, aunque durante quince minutos no me quiera.

Sólo hace trece años que soy madre, así que se puede decir que aún estoy aprendiendo, teniendo en cuenta que según las estadísticas se es madre a los treinta y se muere con ochenta. Es decir, me quedan 37 años de escuchar problemas, dar consejos en saco roto, verlos caer y levantarse, sufrir con ellos o por ellos, cambiar algún que otro pañal (nietos incluidos), desvelarme cuando estén enfermos, desvelarme cuando estén fuera de casa, desvelarme la noche antes de los exámenes, ver cómo llega y se va el amor...en fin, estoy tan cansada sólo de pensarlo que diría como Apu, el personaje de los Simpson cuando su mujer tiene octillizos: "he tenido un precioso sueño en el que me moría".



Durante mi primer embarazo no fui una embarazada al uso: mi cuerpo cambiaba inevitablemente pero mi mente estaba en rebeldía, no le venía bien en ese momento aceptar los cambios y tampoco le parecía justo. Veía a las otras embarazadas haciendo la canastilla con ilusión y a mí me repugnaba ser un mamífero. En la sesión de la preparación al parto dedicada a la lactancia materna me tuve que salir...

¿Qué ocurrió después? Obviamente no todo cambió por arte de magia. Ya he dicho más veces que tengo tres hijos, así que se supone que la experiencia me gustó, pero las cosas no cambian de la noche a la mañana, y las personas tampoco. Cuando conocí a mi hija mayor, ya tenía tres días de vida y estaba en una incubadora en la sala de neonatos, así que no me sentí la persona más feliz del mundo, sino terriblemente culpable por haberla tenido en esas condiciones. Mientras mi parte irracional se sentía culpable, mi parte racional pensó que, aunque no me sentía un mamífero, lo mejor para aquel proyecto de niña que tenía delante sería la leche materna, y ése fue el principio de una larga serie de cambios que se produjeron en mí, siempre a merced de mis nuevas circunstancias.



Creo que lo único que hice bien en esa etapa fue mantener la lactancia materna a una niña que tomó biberón los primeros diez días de vida. Estoy muy contenta de poder escribir que fue un éxito y además me encantó la experiencia. Todo lo demás que hice a partir de entonces fue combatir esa culpabilidad incial intentando ser una madre perfecta, cosa que se me daba francamente mal: no sé coser, no me gusta cocinar, odio las manualidades y falté el día que repartieron el don del dibujo. Con mis únicas armas, que eran una gran paciencia y el don de contar historias, me enfrentaba a una niña que crecía y se hacía cada vez más tirana y dependiente.

Por fin un día me di cuenta de que sólo era mamá: ni esposa, ni trabajadora, ni deportista, ni ama de casa, ni lectora...sólo mamá. Había olvidado todo lo que era, y aunque me parecía que era feliz, tenía una baja tolerancia a la frustración: cada vez que algo no salía bien, o no salía según lo previsto con respecto a mi hija, me desesperaba. Ese día empecé a aprender a ser madre, ese camino que terminaré a los ochenta años, por poner una fecha.

Descubrí con alegría que siendo una persona completa podía ofrecerle más cosas a mi hija que siendo sólo mamá, aunque eso significara dedicarle menos tiempo, porque si yo tenía una vida más plena y feliz, ese tiempo que pasara con ella sería más productivo para las dos. Ella se fue haciendo más autónoma e independiente y yo fui recuperando las partes de mi vida que me gustaban antes de ser madre y había abandonado.




¿Se puede ser madre y llevar la vida de antes de serlo? No, ser madre implica sacrificios, elecciones, renuncias, pero todo esto tiene que ser voluntario y temporal: cada fase de la maternidad implica un tipo de sacrificios, elecciones y renuncias diferentes. La vida está llena de elecciones (ver un programa u otro en la tele, ver tele o leer, apagar la tele y hacer el amor...), lo que te hace mejor persona o mejor madre es sentir que eres tú la que eliges uno u otro camino.

Hoy es el Día de la Madre, y mi consejo es que disfrutes de tu maternidad, que vivas cada momento como irrepetible, que duermas mucho porque ser madre requiere mucha energía y que no trates de ser la mejor madre del mundo, porque seguramente como yo, hasta los ochenta aún tienes muchos años para aprender.

jueves, 28 de abril de 2016

Pequeños caínes II

Hola de nuevo. Hoy voy a continuar hablando de los hermanos y sus relaciones, a veces difíciles. Como dije en la primera parte de Pequeños caínes, lo de que la familia no la elige uno, no es un tópico, sino una realidad. No hay más que recordar, los que estéis casados, los primeros meses de matrimonio, inevitablemente al convivir con otra persona, se hacen comparaciones con la familia de origen, que nos ha marcado de por vida, queramos o no: mi madre hacía las croquetas caseras, mi hermana no necesitaba tanto tiempo para maquillarse, mi padre no perdonaba el fútbol los domingos, etc, etc. La impronta que nos ha dejado nuestra familia de origen nos acompañará de por vida, y a veces, después de habernos rebelado contra ciertas actitudes durante años, nos encontraremos repitiéndolas inconscientemente con el paso de los años (¡vaya!, si es lo mismo que me decía mi madre a mí!).
Volviendo a los hermanos, aquí os dejo otras tipologías de pequeños caínes que hacen la convivencia, digamos, más interesante.

Hermano bueno, hermano malo

Es imposible no comparar a los hijos, es dificilísimo que no se nos escapen esas comparaciones en voz alta, pero hay que intentarlo. Las comparaciones entre hermanos están mediadas por dos premisas que en sí son falacias, es decir, son mentiras que nos decimos los padres a nosotros mismos. 

Primera mentira: si los he educado igual. Nunca se educa igual a los hijos, porque uno no es igual todo el tiempo, y  mucho menos nuestras circunstancias: con el primer hijo tenías más tiempo, o tenías otro trabajo, o te llevabas mejor con tu mujer, o todo lo contrario, y además, tenías 2, 3, 4 años menos, por tanto, eras otra persona.

Segunda mentira: si los quiero igual. Nunca se puede querer igual a dos personas distintas, aunque sí con la misma intensidad, lo que varía normalmente es la causa de ese querer: a uno lo quieres porque sientes que te necesita más, a otro porque se parece más a ti, a otro porque es más afectivo, a otro porque es más inteligente...

Resultado de todo lo anterior es que los hijos son diferentes y a veces esas diferencias se agudizan porque ellos inconscientemente necesitan posicionarse en el universo familiar: es típico de cualquier familia tener el hermano aplicado y el vago, el ordenado y el desordenado, el tímido y el extrovertido, etc. Los niños tienen un razonamiento innato que les hace suponer que para destacar deben diferenciarse, ofrecer algo nuevo a su público: nosotros, los padres.

En estos casos el principal consejo es el de evitar las comparaciones, pero además, tener dos hijos extremos es una gran oportunidad para enseñarles que la vida no siempre es blanca o negra, y que hay que saber apreciar la escala de grises. El pensamiento dicotómico es una distorsión cognitiva de la que debemos huir desde los primeros años de nuestra vida. Algunos trucos:
  • Minimizar las diferencias entre los hermanos opuestos, restar importancia a las mismas (papá y yo también somos muy distintos y ninguno es mejor que el otro).
  • Destacar los aspectos mejores de cada uno.
  • Potenciar las situaciones en las que se "cambian los papeles", evitando etiquetas, con elogios.
  • Evitar las situaciones que puedan ser traducidas como favoritismo hacia uno de ellos.
  • Ignorar las llamadas de atención que se traduzcan en posicionamientos aún más extremos.
  • No intentéis nunca compensar esas llamadas con repartos supuestamente equitativos de la atención y cuidados: los hijos son consumidores insaciables de esa atención desde que nacen y sólo vais a sentiros más culpables y frustrados.



Hermano manipulador

Tendría que haber añadido a este título la coletilla "víctima encantada", porque si algo tienen los hermanos manipulados es que tardan muchos años en darse cuenta de que lo son y durante el proceso son felices como cuando votamos con ilusión a un nuevo partido o compramos el champú de moda creyendo que lo hemos elegido nosotros.

¿Es malo ser un hermano manipulado? No necesariamente: no está entre los diez principales motivos de terapia al llegar a la edad adulta..bromas aparte, es mucho peor ser un hermano manipulador. El proceso mental de un niño que manipula a su hermano es: primero mi hermano, después mis padres, después mis amigos y por fin...el mundo. Aunque lo digo en tono humorístico, es peligroso que piensen que pueden extrapolar este comportamiento manipulador, especialmente en el entorno escolar.

En fin, sin ponernos a la altura cognitiva de los niños, nuestro deber es potenciar la igualdad entre hermanos y que cada uno pueda desarrollar su personalidad. Posibles acciones en este sentido:

  • Explicarle al manipulador que el otro hermano puede tener gustos diferentes y estimular su curiosidad (¿por qué no le preguntas a él qué color, canción, cuento...prefiere?).
  • Establecer turnos de palabra para que el manipulador deje hablar a la víctima sin interrupciones.
  • Poner ejemplos de otros hermanos que tienen gustos diferentes, mejor si son conocidos: pues cuando éramos pequeñas tu tía y yo escuchábamos música distinta.
Lo único peligroso de ser un hermano manipulado es convertirse en un hermano dependiente en la edad adulta, por eso es importante potenciar la relación afectiva sana entre hermanos.

El tercero que lo cambia todo

Vale, ahora hemos conseguido que los demás no nos miren por encima del hombro por ser padres primerizos: tenemos dos niños y una vida estable. Todo parece bajo control, pero de repente.. Cuando tuve mi tercer hijo descubrí que una mujer no debería tener más hijos que brazos: ser madre puede llegar a ser un ejercicio muy aeróbico y la capacidad física es importante.

El tercer hijo suele ser el "que se cría solo", como dice la mayoría de los padres. Ya no estamos tan preocupados por todo, controlamos la mayoría de las variables y tenemos amplia experiencia en la práctica puericultora, sin embargo, ¿cómo afecta a los otros dos?

El hijo mayor hasta entonces era sólo "el privilegiado mayor", ahora se convierte en "te toca hacerlo solo, eres el mayor" (por lo que he mencionado de los dos brazos) y claro, eso no mola tanto. Hacerse grande de un día para otro porque aparece alguien muchíiiisimo más pequeño es una cuestión lógica pero desafortunada a todas luces. No tardan en aparecer los celos, acompañados de la incomprensión de los padres, que aceptan celos del pequeño convertido en mediano, pero no del "grande". 



El hermano pequeño que deviene en mediano se convierte en el jamón (lo que queda entre pan y pan). Cuando llamo jamón a mi hija mediana, no le hace ninguna gracia, y es que ser jamón es muy complicado. Aunque el jamón es lo más rico, el jamón no lo sabe, y tiene que posicionarse para asegurarse nuestra atención. Este posicionamiento suele ser a costa de nuestros nervios generalmente: niños inagotables que te gustaría ver a cámara lenta para poder apreciar sus movimientos, rebeldes, contestones, traviesos, ocurrentes y, en general, maravillosos pero agotadores. ¿Cómo ayudar a estos dos tipos de hermanos, mayor alejado y pequeño destronado?

  • Implicarlos de una manera especial en el cuidado de los otros hermanos (al mayor) o del pequeño (al mediano), siempre que la diferencia de edad lo permita.
  • Potenciar sus contactos sociales externos con otros niños de su edad: puedes quedar con tus amigos porque eres mayor.
  • Tener un momento al día sólo para cada uno (esto se debe aplicar a todos los hijos, por lo que no es conveniente tener más hijos de las horas de que se dispone...).
  • Hablar bien de ellos con otros adultos cuando sabemos que escuchan.
  • Refuerzo positivo: elogios, son más efectivos los indirectos (cómo me gustaría que el hermanito pequeño fuera como tú) y pequeñas gratificaciones, especialmente efectivas si se asocian a los sacrificios generados por la presencia del nuevo hermano (como no hemos podido ir al cine por el hermano, os dejo ver una película esta noche con nosotros).


Hermano madre

Es una versión del hermano manipulador. El hermano madre siempre es mayor que el otro y con frecuencia, mucho mayor. Tener en casa un hermano madre no es grave, pero puede generar tres tipos de problemas: 

  1. Que el hermano madre se responsabilice tanto que deje de llevar una vida de niño.
  2. Que las continuas intervenciones supuestamente educativas del hermano madre resten autoridad a los padres reales.
  3. Que se cree en el hijo pequeño un conflicto de lealtades al no saber a qué madre hacer caso.
La solución pasa por mostrarle al hermano madre las ventajas de ser un hermano mayor y darle más protagonismo en el proceso de crianza del pequeño, pero dejándole claro cuáles son los límites de su rol y qué decisiones deben ser tomadas por los padres siempre.

Bueno, este es mi resumen de las relaciones entre hermanos, que no siempre son fáciles. Espero que os sea útil. En todo caso, recordad siempre que son personitas que se están formando, que no piensan, ni sienten, ni actúan como adultos, que están posicionándose y aprendiendo a convivir, y sobre todo, que ellos son las estrellas de nuestra constelación familiar.



Nuestra constelación familiar

domingo, 10 de abril de 2016

Fábula musical: cuando Mozart visitó Vietnam

Hoy los murcianos de Fábula Teatro han clausurado el ciclo de Teatro para Bebés del Desván del Calderón, y lo han hecho con un concierto que busca enfrentarnos al bebé que todos hemos sido a través de los sentidos, la expresión corporal y la música. Todos los niños serían Mozart si se les estimulara lo suficiente y tuvieran las capacidades musicales innatas del gran genio, puesto que el oído es uno de los primeros sentidos en desarrollarse y fundamental en la relación del feto con el mundo extrauterino. Aún así, y sin quitarle méritos al maravilloso Wolfang Amadeus, su música no es la única que puede conmover a los bebés. Si el austriaco hubiera visitado Vietnam, seguro que tocaría alguno de los instrumentos que usa Luis Paniagua en ¿Te acuerdas?Para los que queráis profundizar sobre cómo transforma la música el cerebro humano, os recomiendo Musicofiliade Oliver Sacks. No sé si los componentes de Fábula Teatro lo han leído, pero está claro que han tocado la tecla adecuada.

Una característica fundamental del cerebro de los bebés es su plasticidad: en sus dos primeros años de vida crean tantas conexiones neuronales en diferentes zonas cerebrales que si siguiéramos a ese ritmo, a los diez años todos habríamos dejado a Einstein en ridículo. El aprendizaje en esta etapa tan crucial se hace a través de la sorpresa, no hay más que observar a un bebé para darse cuenta: oh, una mano, voy a chuparla, vaya, cómo ha sonado eso, etc. Fábula Teatro lo sabe, y desde su experiencia en teatro infantil, ha creado un espectáculo que nos sorprende continuamente, incluso a aquéllos que ya hemos superado la fase del desarrollo cerebral exponencial.

¿Te acuerdas? como las obras bien pensadas para bebés, trabaja desde la sinestesia, para los cinco sentidos de su público, se puede disfrutar en distintas posturas, se puede bailar en ciertos momentos, nos transmite emociones a través de sonidos inesperados creados con instrumentos desconocidos, nos lleva a lugares olvidados, juega con nuestras reacciones y nos provoca cambios inusitados de escenarios y estados de ánimo, siempre a través de la sugestión. 



Este imaginario fabuloso no es casual, lo consiguen cuatro magos de la escena. Luis Paniagua, maravilloso músico, investigador de instrumentos desconocidos, fabricante de fábulas musicales y amante del estado primigenio que representa todo bebé. Mantener durante cuarenta minutos a una treintena de bebés en silencio ya de por sí es un acto de magia, conseguir que algunos bailen, sigan ritmos y expresen con gestos y gritos de sorpresa sus emociones es un logro escenográfico. La sorprendente música de Luis hecha con instrumentos que nos conectan con la naturaleza, a veces cobra protagonismo y otras se funde en una coreografía tan delicadamente creada que es imposible disgregarla de la expresión corporal y los elementos escenográficos.

Ouka Leele es responsable de crear el espacio escenográfico que nos conecta con nuestro lado primigenio más lúdico, porque los bebés aprenden jugando, incluyendo elementos etéreos, como el polvo que se diluye en el primer soplo de la vida o las pompas de jabón que revolucionan al público, pero trabajando también con el color, con efectos inesperados y con elementos cotidianos, como una linterna. Me di cuenta de que estos cuatro eran magos porque después de excitarse en extremo con el juego de las pompas de jabón, todos los niños volvieron a sentarse en silencio hasta el final de la obra, contra todo pronóstico razonable contrario.

Marga López expresa con su cuerpo la música de Luis y nos transmite que se puede bailar antes de aprender a andar, que la danza nos recuerda al suave mecer del útero materno y que bailar es un acto natural de expresar emociones que la sociedad cohíbe patológicamente cuando crece el individuo.

Juan Pedro Romera es el compañero de la bailarina y eje conductor del guión. Este gran contador de historias asume el reto en esta obra de utilizar sólo sonidos para darle cohesión a la historia a través de la expresión corporal y de la complicidad con sus compañeros de escenario.



¿Cómo vive el público esta obra? Ningún espectador lo vive por igual. Desde mi visión de adulta, salí pensando gran montaje musical a partir de los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego. Le pregunté a mi hija de qué había tratado y me dijo es un cuento. Y mi hijo pequeño dijo, no, son canciones. Conclusión: tenéis que verlo con la mirada del bebé que fuisteis y después opinar. Eso sí, todos los niños que han visto la obra, aseguraron que ellos habían sido el que había apagado la vela del final, hasta tal punto ha sido una experiencia interiorizada y personal para todos ellos. 

Como he dicho antes, esta obra concluye el ciclo de Teatro para Bebés, que suele durar desde enero a abril. Esto significa que los que queráis acudir a la próxima temporada y no dispongáis de "acompañante", tenéis el tiempo justo de fabricar un bebé de aquí a entonces. En cualquier caso, fabricar bebés también es una actividad lúdica muy recomendable y que, como el teatro, nos conecta con la versión más íntima de nosotros mismos.