Cuando mi hija de seis años se enfada mucho conmigo, alguna vez me ha soltado esta frase: "eres la peor madre del mundo". Y aunque reconozco que me fastidia, porque a nadie le gusta ser el último del ránking, le suelo contestar: "hija, ¿ya has probado a todas las demás?". Normalmente esta respuesta mía la enfada más aún, y sigue protestando mientras yo me hago la dolida, aunque en mi interior sé que hoy soy peor que las demás porque la he contrariado en algo, y eso es bueno para ella, aunque durante quince minutos no me quiera.
Sólo hace trece años que soy madre, así que se puede decir que aún estoy aprendiendo, teniendo en cuenta que según las estadísticas se es madre a los treinta y se muere con ochenta. Es decir, me quedan 37 años de escuchar problemas, dar consejos en saco roto, verlos caer y levantarse, sufrir con ellos o por ellos, cambiar algún que otro pañal (nietos incluidos), desvelarme cuando estén enfermos, desvelarme cuando estén fuera de casa, desvelarme la noche antes de los exámenes, ver cómo llega y se va el amor...en fin, estoy tan cansada sólo de pensarlo que diría como Apu, el personaje de los Simpson cuando su mujer tiene octillizos: "he tenido un precioso sueño en el que me moría".
Durante mi primer embarazo no fui una embarazada al uso: mi cuerpo cambiaba inevitablemente pero mi mente estaba en rebeldía, no le venía bien en ese momento aceptar los cambios y tampoco le parecía justo. Veía a las otras embarazadas haciendo la canastilla con ilusión y a mí me repugnaba ser un mamífero. En la sesión de la preparación al parto dedicada a la lactancia materna me tuve que salir...
¿Qué ocurrió después? Obviamente no todo cambió por arte de magia. Ya he dicho más veces que tengo tres hijos, así que se supone que la experiencia me gustó, pero las cosas no cambian de la noche a la mañana, y las personas tampoco. Cuando conocí a mi hija mayor, ya tenía tres días de vida y estaba en una incubadora en la sala de neonatos, así que no me sentí la persona más feliz del mundo, sino terriblemente culpable por haberla tenido en esas condiciones. Mientras mi parte irracional se sentía culpable, mi parte racional pensó que, aunque no me sentía un mamífero, lo mejor para aquel proyecto de niña que tenía delante sería la leche materna, y ése fue el principio de una larga serie de cambios que se produjeron en mí, siempre a merced de mis nuevas circunstancias.
Creo que lo único que hice bien en esa etapa fue mantener la lactancia materna a una niña que tomó biberón los primeros diez días de vida. Estoy muy contenta de poder escribir que fue un éxito y además me encantó la experiencia. Todo lo demás que hice a partir de entonces fue combatir esa culpabilidad incial intentando ser una madre perfecta, cosa que se me daba francamente mal: no sé coser, no me gusta cocinar, odio las manualidades y falté el día que repartieron el don del dibujo. Con mis únicas armas, que eran una gran paciencia y el don de contar historias, me enfrentaba a una niña que crecía y se hacía cada vez más tirana y dependiente.
Por fin un día me di cuenta de que sólo era mamá: ni esposa, ni trabajadora, ni deportista, ni ama de casa, ni lectora...sólo mamá. Había olvidado todo lo que era, y aunque me parecía que era feliz, tenía una baja tolerancia a la frustración: cada vez que algo no salía bien, o no salía según lo previsto con respecto a mi hija, me desesperaba. Ese día empecé a aprender a ser madre, ese camino que terminaré a los ochenta años, por poner una fecha.
Descubrí con alegría que siendo una persona completa podía ofrecerle más cosas a mi hija que siendo sólo mamá, aunque eso significara dedicarle menos tiempo, porque si yo tenía una vida más plena y feliz, ese tiempo que pasara con ella sería más productivo para las dos. Ella se fue haciendo más autónoma e independiente y yo fui recuperando las partes de mi vida que me gustaban antes de ser madre y había abandonado.
¿Se puede ser madre y llevar la vida de antes de serlo? No, ser madre implica sacrificios, elecciones, renuncias, pero todo esto tiene que ser voluntario y temporal: cada fase de la maternidad implica un tipo de sacrificios, elecciones y renuncias diferentes. La vida está llena de elecciones (ver un programa u otro en la tele, ver tele o leer, apagar la tele y hacer el amor...), lo que te hace mejor persona o mejor madre es sentir que eres tú la que eliges uno u otro camino.
Hoy es el Día de la Madre, y mi consejo es que disfrutes de tu maternidad, que vivas cada momento como irrepetible, que duermas mucho porque ser madre requiere mucha energía y que no trates de ser la mejor madre del mundo, porque seguramente como yo, hasta los ochenta aún tienes muchos años para aprender.
