Hay un término estadístico que manejan todas las madres del mundo y que a algunas les causa auténtico pavor: el percentil. Nuestras abuelas, que sin necesitar a la estadística sacaron adelante a sus hijos (a casi todos) en tiempos de guerra, desde su sabiduría, miraban a los niños en la fila del colegio y comentaban: el de la Mari está más alto que el mío, y eso que son de la misma quinta. Después de eso, nuestras abuelas intentaban cargar más el bocadillo del más bajito, si se podía, y cuando lo acostaban, le daban un vaso extra de leche, si se podía. Nuestras abuelas se iban a dormir y soñaban con Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, y ningún término matemático les estropeaba la noche.
| Nuestras abuelas sí que eran listas |
Cuando pienso estas cosas creo que la raza humana está en franca recesión genética y que nuestras abuelas eran mucho más inteligentes que nosotras, pero de eso ya hablaré otro día con su correspondiente homenaje. Hoy quiero hablar del maldito percentil, ése que hace que nuestros hijos sean tan bajitos o más que el 25% de la población de su edad, o tan gordos o menos que el 83%. Visto así no parece nada que nos pueda arrebatar el sueño, pero si la información sobre percentil que nos facilitan en las revisiones periódicas se convierte en trending topic de nuestras conversaciones a pie de parque, en la puerta del colegio, en el café de mamás de los martes, en el grupo de whastApp de la guardería, etc...estamos rozando los límites de la psicopatología, o lo que es lo mismo, el 90% de los que piensan como nosotras padece un trastorno obsesivo compulsivo.
¿Por qué es importante el percentil? Porque es una forma de controlar la evolución física de nuestros hijos. Es el equivalente médico a probarles los pantalones del verano pasado, y en principio no deberíamos darle más importancia. ¿Por qué, entonces, hay madres, pediatras y enfermeros tan obsesionados con este concepto matemático? En el caso de los profesionales, porque es un referente del estado de salud del niño, especialmente en los dos aspectos que hacen que un niño crezca al ritmo adecuado: el sueño y la alimentación. Como estos dos dependen casi exclusivamente del cuidador principal del niño, habitualmente la madre, los profesionales de la pediatría han establecido el percentil como elemento indicador del bienestar del niño de cara a la información que se da a la familia.
Mi primera hija nació con un retraso en el desarrollo, durante el último mes de embarazo no se había alimentado bien y por tanto no había cogido peso. Cuando nos dieron el alta en el hospital, mi hija pesaba dos kilos y yo llevaba cinco días escuchando a todas las recién paridas de la planta recitar los pesos de sus hermosos retoños. Por suerte me encontré con un maravilloso neonatólogo que me quitó todos los complejos con una frase de fontanero que nunca olvidaré. Al comentarle yo que mi hija apenas pesaba lo que un feto de ocho meses, él me contestó: no me preocupa el peso, cuando un recién nacido necesita peso, le meto agua. Con esta frase tan campechana, yo me fui tranquilamente a mi casa, con mi bebé en brazos,porque pesaba tan poco que era como tener un cojín grande...Lo importante no era que el cojín pesase más o menos, sino que su organismo tuviera la capacidad de hacer funcionar a sus recién estrenados órganos, y que cada dos horas pidiese repostar, pasando del percentil 3 al 25 en unas pocas semanas.
Volviendo al tema principal, más allá de mi experiencia personal, diré que hay tres motivos básicos por los que preocuparse si un niño tiene el percentil por debajo o por encima de lo esperado, y dos de ellos los podemos solucionar sus cuidadores: un proceso patológico (esto deberá diagnosticarlo el pediatra a partir de la sospecha que le provoque el índice percentil), hábitos de sueño incorrectos o una alimentación inadecuada. En este punto de la historia es cuando se transforman los personajes, y la madre que ha acudido a la consulta del pediatra se convierte en jugadora de la lotería:
-Qué le voy a hacer, si me ha "tocado" un niño que come mal....
,
Y la pediatra se transforma en ogresa con síndrome premenstrual:
-Si esto sigue así, lo voy a tener que ingresar por malnutrición, teniendo en cuenta que usted ha rehusado acudir a los talleres de padres primerizos....
Resultado: madres llorosas, madres preocupadas en exceso, abuelas enfadadas porque se desoyen sus consejos, madres que se enfrentan a pediatras como si fueran el enemigo... y un largo etcétera presenciado por niños insomnes o mal alimentados.
¿Por qué un niño que duerme mal crece menos? Porque la hormona del crecimiento, la somatotropina, se segrega durante el sueño principalmente, y además, durante el sueño profundo, cosa que no tiene el niño que cada dos horas pide teta, pipí, su osito o la mano de mamá con la que se quedó dormido...
¿Por qué un niño mal alimentado crece menos? La respuesta es obvia, porque su organismo no consigue la dosis diaria y equilibrada de nutrientes, vitaminas y proteínas que necesita para evolucionar. En el caso de la alimentación no sólo es problemático el defecto, sino también el exceso, que lleva en primer lugar al sobrepeso y en su extremo a la peligrosísima obesidad infantil. Normalmente los niños no eligen sus alimentos, por lo que la palabra más eficaz contra la obesidad infantil es "no".
Otro día compartiré con vosotros mis experiencias con niños que comen mal y duermen mal. Hoy quiero usar el término percentil para pedir que confiemos en los profesionales de la medicina y no sintamos sus advertencias como reproches o críticas a nuestra labor como padres. Escucha al pediatra y cuando vuelvas a casa, en la intimidad de tu salón, reconoce tus errores y busca ayuda. A mí me costó siete meses admitir que mi primera hija dormía mal, y cuando lo hice, mis ojeras daban la vuelta a la esquina de la calle. La ayuda puede venir de profesionales de la salud, de libros o de madres con más experiencia. Únicamente desconfía de quienes lleven la contraria al pediatra, porque son personas que tampoco reconocen el problema. Usa la información para mejorar tu estilo de crianza y verás como, no sólo se regulariza el índice percentil que causó la alerta, sino que después de un tiempo serás tú la que aconseje a otras madres.
Volviendo al tema principal, más allá de mi experiencia personal, diré que hay tres motivos básicos por los que preocuparse si un niño tiene el percentil por debajo o por encima de lo esperado, y dos de ellos los podemos solucionar sus cuidadores: un proceso patológico (esto deberá diagnosticarlo el pediatra a partir de la sospecha que le provoque el índice percentil), hábitos de sueño incorrectos o una alimentación inadecuada. En este punto de la historia es cuando se transforman los personajes, y la madre que ha acudido a la consulta del pediatra se convierte en jugadora de la lotería:
-Qué le voy a hacer, si me ha "tocado" un niño que come mal....
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Y la pediatra se transforma en ogresa con síndrome premenstrual:
-Si esto sigue así, lo voy a tener que ingresar por malnutrición, teniendo en cuenta que usted ha rehusado acudir a los talleres de padres primerizos....
Resultado: madres llorosas, madres preocupadas en exceso, abuelas enfadadas porque se desoyen sus consejos, madres que se enfrentan a pediatras como si fueran el enemigo... y un largo etcétera presenciado por niños insomnes o mal alimentados.
¿Por qué un niño que duerme mal crece menos? Porque la hormona del crecimiento, la somatotropina, se segrega durante el sueño principalmente, y además, durante el sueño profundo, cosa que no tiene el niño que cada dos horas pide teta, pipí, su osito o la mano de mamá con la que se quedó dormido...
| Generando somatotropina |
| La palabra más eficaz contra la obesidad infantil es "no" |
Otro día compartiré con vosotros mis experiencias con niños que comen mal y duermen mal. Hoy quiero usar el término percentil para pedir que confiemos en los profesionales de la medicina y no sintamos sus advertencias como reproches o críticas a nuestra labor como padres. Escucha al pediatra y cuando vuelvas a casa, en la intimidad de tu salón, reconoce tus errores y busca ayuda. A mí me costó siete meses admitir que mi primera hija dormía mal, y cuando lo hice, mis ojeras daban la vuelta a la esquina de la calle. La ayuda puede venir de profesionales de la salud, de libros o de madres con más experiencia. Únicamente desconfía de quienes lleven la contraria al pediatra, porque son personas que tampoco reconocen el problema. Usa la información para mejorar tu estilo de crianza y verás como, no sólo se regulariza el índice percentil que causó la alerta, sino que después de un tiempo serás tú la que aconseje a otras madres.

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